13 febrero 2018

Los derechos humanos y la novela del siglo XX


Vintila Horia expone en este ensayo (primero su tesis doctoral en Derecho) su característica idea acerca de los tiempos “buenos” y los tiempos “malos” en la historia de la humanidad. Y lo digo así, de modo tan simple, porque el autor me parece en esto demasiado simplista, en efecto. Desde que Cristo vino a revelarnos el misterio del ser humano, la humanidad ha oscilado entre épocas que se adherían a ese misterio y épocas que se apartaban de él. Entre las primeras, la Edad Media, el Barroco y el Romanticismo; entre las segundas, el Renacimiento, la Ilustración y el materialismo del XIX. Y es así que Vintila Horia asocia a unas y a otras de modo inseparable los rótulos que les correspondieron en la historia de la cultura, extendiendo, por ejemplo, el nombre de humanismo a la Ilustración y al socialismo. Y esto es lo que perjudica su visión del asunto, creo, porque de ese modo lo clásico, o neoclásico, aparece asociado sin más a los tiempos “oscuros”, lo que resulta, como poco, temerario.

La tesis del autor es que en la medida en que son proclamados los derechos humanos estos mismos derechos necesitan más defensa, y no por parte de quienes los proclaman. El hombre es “víctima de unos instrumentos forjados a su favor desde el Renacimiento hasta hoy y transformados con el tiempo en armas letales dirigidas contra su propio corazón” (página 21 de la edición de Emesa, creo que la única disponible). En el siglo XX, han sido los novelistas los que se han erigido en resistentes a favor del hombre y frente a los sistemas que supuestamente le iban a liberar. “El hombre ha sido divinizado, pero ha perdido sus derechos, es como un ídolo encerrado en un templo sin puertas ni ventanas. Un ídolo inoperante, al que dan vueltas como a un maniquí o como a un robot los que lo han reducido a estas proporciones y posibilidades. Su felicidad es la de Un mundo feliz, su libertad es la de 1984, su futuro es el de Nosotros, siendo su sabiduría la de El juego de los abalorios, elevada pero alejada de lo real , y su situación la de Heliópolis y de Las abejas de cristal.”

Por supuesto, el autor tiene en mente una cuidada selección de esa novelística, que es a la que dedica también su Introducción a laliteratura del siglo XX. Pero fue la idea expuesta en este libro, latente o patente en los artículos periodísticos que publicó en los 80, la que despertó mi curiosidad por la novela contemporánea cuando pensaba que era una colección de excentricidades propias de gente con un hervor de menos. No es poco mérito y por ello sigo manteniendo un altarcillo para Vintila aunque con la madurez sea capaz de matizar sus tesis y ponerle unos cuantos peros.

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01 febrero 2018

"Siembran cicuta y esperan ver crecer campos fecundos"

Espero que no se me olvide la frase. Hasta de Maquiavelo se pueden recoger sentencias aprovechables.

(Citado por Nicolae Steinhardt, Diario de la felicidad, Jilava, mayo-junio 1960)


25 enero 2018

Caza de machos

Tanto las leyes sobre la violencia de género como los delitos de odio no son más que un reverdecer de las cazas de brujas. Es juzgar intenciones: lo hizo por ser bruja, lo hizo por machismo, lo hizo por odio a los...

Según María Elvira Roca Barea, cuando se produjo un caso de histeria colectiva por brujería en la Navarra de 1610, se envió allá al inquisidor Alonso de Salazar, el cual concluyó: “No hubo brujos ni embrujados hasta que se empezó a hablar de ellos”. Con muy buen sentido (son palabras de la autora), “Salazar sostenía que el aspecto demoníaco de los hechos era irrelevante y que lo que había que juzgar eran los mismos hechos. Si alguien le tira un tiesto al prójimo y le abre la cabeza, este es el hecho positivo que hay que considerar. Si el autor o la víctima creen que esto ha sucedido por alguna intervención del demonio, el inquisidor no puede entrar a juzgar lo que uno u otro crea, sino el hecho en sí”. Y habla el instructor: “Búsquese siempre en los hechos cuerpo manifiesto de delito conforme a derecho y no se vaya a probar caso, muerte ni daño que no ha acontecido”

Pongan homofobia o machismo en lugar de intervención del demonio, e ideologías en lugar de histeria colectiva. Si los juristas de hogaño estuvieran a la altura de aquellos inquisidores, nos evitaríamos arbitrariedades que desdicen de un estado que presume de ser de derecho.



21 enero 2018

El velo pintado

Grata sorpresa: no me esperaba de Somerset Maugham una historia como esta, no porque hubiese leído algo de él, que no, sino por haber visto en la Wiki algunas cosas sobre su conducta privada. Que fuese amena sí, pues algo me sonaba de su éxito comercial; pero no que se tratase de un relato edificante.

Edificante es, al estilo de La mujer nueva de Carmen Laforet, aunque el carácter principal parte siendo una señorita frívola e irresponsable, al contrario que la de la novelista española: Kitty, que así la llaman (encima), se casa de modo bastante inconsciente con un tipo del que se cansa al poco tiempo y se echa otro andoba al que cree poco menos que el Guerrero del Antifaz. Siendo así que el marido, el bacteriólogo, es mucho mejor persona que el otro, o al menos a mí me parece el personaje más salvable de la novela, a pesar de que todos lo consideren un mediocre. Cuando descubre el adulterio, trama una maquiavélica muerte en vida para ella, pidiendo un traslado a un rincón remoto de la China para tratar una epidemia de cólera. Llegas a pensar que el tipo lo tiene todo pensado para que ella sepa lo que es la vida (y la muerte) y se haga una persona responsable. Pero parece ser que no. De hecho él llega a admitir que al principio esperaba que ella muriera. En todo caso, aquello le sirve de purgatorio también a él. Porque allí hay unas monjas que mantienen un hospital y que no abandonan a pesar de que van cayendo como moscas... Y ya se imaginan, pero no se preocupen, está muy bien contado.

Dice Alberto Fijo que en la película que hicieron hace poco han eliminado el elemento religioso. Pues se la han cargado. La va a ver su tía.


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19 enero 2018

URSS

De comerciante extranjero a diplomático novato:

No haga ninguna clase de preguntas, ¿comprende? Si sus paquetes llegan solo con la mitad de lo que hubieran debido contener, cállese. Si le roban, cállese. Si una noche le asaltan por la calle para quitarle su cartera, vuelva tranquilamente a su casa. Si alguien muere en su despacho, espere a que vayan a recoger el cadáver. Y tenga muy en cuenta que si su teléfono no funciona es porque no ha de funcionar.

En Georges Simenon, Los vecinos de enfrente, cap. 4



16 enero 2018

Mark Twain, la religión y la cosita

Hay un momento en que, si los ángeles pudieran burlarse, estallaría en el cielo una solemne carcajada por la insensatez en la que incurren los poderosos, los sensatos, los cultivados, ¡precisamente cuando se vuelven impíos!

Esta reflexión de Romano Guardini viene al pelo cuando acabo de leer algo sobre las sátiras de Mark Twain contra la religión, en un panfleto reseñado hace años por Luis Alberto de Cuenca, en el ABC. Como de costumbre, LAC se muestra entusiasmado con su reseñado (todavía estoy por leerle una crítica negativa), pero yo no pude menos de pensar que casi todos los argumentos contra la religión, por inteligentes que sean los que las hacen, superan en poco a aquel pariente mío que decía que, si Dios estaba en todas partes, ¿también estaba en la mierda?

En realidad, el que arremete de modo tan grosero contra la religión suele hablar bajo el influjo de las pasiones, sobre todo de una. Mark Twain lo demuestra cuando arguye que los hombres están locos por inventar un paraíso del que esté ausente la actividad sexual: como si a un tipo perdido en el desierto, dice, se la apareciera un genio que le ofreciera todo menos una cosa, y el tío excluyera precisamente el agua. ¿Ven a lo que me refiero?

Y sin embargo, los paraísos inventados por los hombres son los que de hecho están habitados por valquirias y huríes. Que el asuntillo sexual esté ausente del paraíso cristiano (porque va infinitamente más allá de nuestras pobres expectativas) no deja de ser una prueba de su carácter revelado, es decir, de su verdad. Pero anda.





12 enero 2018

Frankenstein o El moderno Prometeo

La novela de Mary Shelley comienza en una expedición al Ártico, y pronto se empiezan a superponer diversos planos narrativos: el doctor Frankenstein es subido a bordo de su barco por el primer narrador, y allí cuenta su abracadabrante historia. Más tarde el monstruo toma la palabra durante unas cuantas páginas... Ya vemos que la novela difiere bastante de la película de Boris Karloff, porque allí el monstruo no hablaba y de encuentros en el Ártico nanay. En realidad la mayor creación de la película fue la figura externa del monstruo, realmente horripilante, hasta que Michael Jackson le quitó el encanto al convertirse en su parodia. Por otra parte, las cuestiones morales que plantea Mary Shelley quedan menos explícitas en la versión fílmica, aunque puedan deducirse. Es a esas cuestiones morales, creo, a las que debe la fama la novela, que por lo demás queda reducida a un cuentecillo gótico bastante convencional, con sus excesos retóricos incluidos. La dudosa licitud de fabricar vida humana en un laboratorio, si ello fuera posible; el desamparo en que queda sumida la criatura, sin familia ni posibilidad de crearla; el rechazo provocado por el diferente cuando el diferente es bastante feo; la propia fealdad de la venganza...  y hasta qué punto el hombre es un monstruo de Frankenstein que justifica sus malas acciones por haber sido llamado a un mundo horrible que no buscó él (cuestión muy romántica por cierto). Todo eso está ahí y es más relevante, como digo, que la propia novela como creación literaria, algo así como lo que sucedía con aquella película titulada Matrix, puro festival pirotécnico que volvía a poner sobre el tapete, sin embargo, cuestiones eternas.


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