07 octubre 2017

Solaris

Dice Jesús Palacios en la introducción que la historia de la ciencia-ficción ha puesto de manifiesto nuestra incapacidad por imaginar vidas extraterrestres, ya que lo que hace la ciencia-ficción es no es sino volver sobre nosotros mismos, bajo las apariencias que sean. Y lo dice incluyendo a Solaris, aunque quizá sea esta novela de Stanislaw Lem una de las que más se hayan acercado a pensar algo diferente. En efecto, el intento de Lem resulta subyugante: poco después de la misteriosa entrada en escena del narrador y su compañero de trabajo aquel nos revela el objeto de su investigación, ese planeta Solaris que ha dado lugar a una nueva ciencia, la solarística; ese planeta cubierto en su mayor parte por un mar de materia orgánica a la que costó atreverse a calificar de viva. Un ente capaz de jugar con los seres humanos produciendo copias autoconscientes de otros humanos ya difuntos y escenarios de todo orden sin que se sepa con qué finalidad o si acaso la hay. La narración avanza con la frialdad de un informe aunque nos deje entrever el terror existencial del narrador y del resto de personajes. La pregunta por el origen está ahí, por supuesto, formulada en términos parecidos a los de Clarke en 2001 odisea espacial, es decir, como posibilidad de que el ser humano sea el juguete de una inteligencia extraterrestre cuya forma y características ni siquiera sospechamos.   

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30 septiembre 2017

Esperando a Godot

No lo he leído: lo he visto en una versión que hizo TVE en 1978, año en que todavía emitía teatro. Al fin y al cabo, el teatro es para verlo, y las nuevas tecnologías te dan esta posibilidad.


Si lo que quería transmitir Beckett era hastío y desesperación, conmigo lo ha conseguido. Afortunadamente, el ser humano no es así. Alguien me explicó que la obra trata de una espera sin esperanza, y este juego de palabras es posible en español, pero no en el original francés, donde la espera es attendre y la esperanza es espèrer. Así que no sé si fue esa la intención del autor. Estos personajes están más alienados que desesperados, aunque al final intenten el suicidio. Bloqueados en la espera de alguien que no se define (y que no es Dios, no solo porque el autor dijera que no lo es, sino porque a Dios se le menciona como tal sin relación con Godot), son insensibles ante la injusticia y la crueldad, representadas por el tipo que pasa por allí llevando a otro atado a una cuerda y totalmente sometido a sus caprichos. Su situación es patética, realmente, y pide del espectador un aguante fenomenal. Menos mal que los dos actores son buenos. En otras manos esto sería insoportable.


24 septiembre 2017

Esas milicianas de los pósters

George Orwell habla de la columna de milicianos a la que se ha unido.

Éramos unos mil hombres y una veintena de mujeres, aparte de las esposas de milicianos que se encargaban de cocinar. Todavía quedaban algunas milicianas, pero no muchas. En las primeras batallas pareció natural que lucharan junto a los hombres; siempre sucede eso en tiempos de revolución. Pero las ideas ya habían empezado a cambiar. A los milicianos les estaba prohibido acercarse a la escuela de equitación mientras las mujeres se ejercitaban, porque se reían y burlaban de ellas.

En Homenaje a Cataluña, capitulo 1.


17 septiembre 2017

Crónicas marcianas

En Crónicas marcianas somos los terrestres los que invadimos Marte, contrariamente a la mitología creada por H. G. Wells y difundida luego por tantas películas, tebeos y demás. Y es una colonización en apariencia pacífica y progresiva. Digo en apariencia porque la narración de Ray Bradbury es bastante elusiva, nos deja a los lectores que adivinemos en gran parte lo que sucede, sorprendiéndonos a cada tramo con una situación nueva y extraña.

Es en realidad una sola crónica (“Crónica de la colonización de Marte”, podría titularse), aunque la primera impresión es, en efecto, de fragmentarismo. Empezando por ese “verano del cohete” que venía en mi antología de Temas para leer de la EGB, que te deja en la bruma del misterio, más aún cuando pasas página y te encuentras ya a dos marcianitos, venerables marcianitos de cierta edad, con su rutina hogareña. Bien es cierto que se hallan rodeados de un extraño paisaje, usan extrañas herramientas y lucen un color amarillo, y parecen esperar algo con inquietud contenida. Hasta que llegamos... y el señor sale en nuestra busca y...

Luego un segundo cohete, y un tercero, y más aún. Y aquí una marcianita que se parece terriblemente a nuestra abuela difunta, y aquí unos aguerridos astronautas que solo encuentran el desierto, y luego toda clase de especies humanas que salen para Marte como antaño a las Indias, y... mira en el arroyo, hija, y verás un marciano.

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13 septiembre 2017

Se expone literariamente al fracaso...

...al tomar la historia evangélica: una referencia demasiado poderosa para admitir traslaciones y reencarnaciones literarias.

Gracias, José María Valverde*.
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*Comentando Una fábula, de William Faulkner, en Historia de la literatura universal





09 septiembre 2017

Una pequeña ciudad de Alemania

La atmósfera de Bonn en esta novela es más bien opresiva: “era una casa oscura en la que alguien había muerto... Parecía que todos los habitantes de la ciudad, salvo los policías, hubieran huido después de oír la voz de alarma”. Bonn es casi sólo el cuartel general de estos funcionarios que no demasiado alegremente se encargan de mantener el tinglado de la guerra fría. John Le Carré casi nunca nos informa de su cargo, solo deja que lo adivinemos tras el nombre y el apellido, lo que no deja de ser una manera de humanizarlos en un contexto en que tenderíamos a pensar que no son más que piezas de ajedrez. Como de costumbre, son tipos a los que no elegiríamos para ir de juerga, más bien hastiados, eficaces como máquinas pero terriblemente frágiles en su humanidad. “Aquellos que tenían la costumbre de saludarse, lo hicieron; los demás se sentaron sin hablar en las sillas...”

La trama consiste en la investigación llevada a cabo por un tal Turner acerca de un tal Harting, que se ha largado con algo, como de costumbre. El factor humano, como en Graham Greene, se hace también presente a medida que se revelan los manejos y las motivaciones de Harting, pero no solo en este, sino también en los demás. Lo de menos es el miedo a una resurrección del nazismo, tan persistente en Europa desde la posguerra hasta acá (el miedo, no el nazismo). Hay, en efecto, un Karfeld que se está haciendo con la voluntad de muchos alemanes tocando la fibra patriótica y que al final, por supuesto, está relacionado con la investigación. Curiosamente, es un líder que se parece más a los actuales identitarios que a los nazis que acababa de conocer Europa (y cuya reaparición en aquel contexto era impensable, claro).


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01 agosto 2017

Premio Dedal

Así, al parecer, llamaban en La Codorniz al premio Nadal, por ser muchas las mujeres que lo habían ganado. La ocurrencia podría costarles hoy el secuestro de la publicación, como en sus mejores tiempos. Pero a Francisco Umbral le hacía gracia:

Esta generación [primera de posguerra] se caracteriza por su literatura realista (contra el “idealismo” de la prosa y la poesía oficial), luego socialrealista, y, como mal menor, por un provincianismo, un escribir “entre visillos” (de hogar burgués o de casa de p...), que explica bien la aparición de tanta literatura femenina, en su mayoría mediocre y llena de “ascuas de oro”, entre las autoras de la época y las ganadoras del Premio Nadal, que La Codorniz llegó a titular “Premio Dedal”, como se dice en otra entrada de este libro.

(En Diccionario de Literatura, s. v. “Generaciones”. Puntos suspensivos míos.)

Con el paraguas del antifranquismo da gusto, a que sí.