17 septiembre 2017

Crónicas marcianas

En Crónicas marcianas somos los terrestres los que invadimos Marte, contrariamente a la mitología creada por H. G. Wells y difundida luego por tantas películas, tebeos y demás. Y es una colonización en apariencia pacífica y progresiva. Digo en apariencia porque la narración de Ray Bradbury es bastante elusiva, nos deja a los lectores que adivinemos en gran parte lo que sucede, sorprendiéndonos a cada tramo con una situación nueva y extraña.

Es en realidad una sola crónica (“Crónica de la colonización de Marte”, podría titularse), aunque la primera impresión es, en efecto, de fragmentarismo. Empezando por ese “verano del cohete” que venía en mi antología de Temas para leer de la EGB, que te deja en la bruma del misterio, más aún cuando pasas página y te encuentras ya a dos marcianitos, venerables marcianitos de cierta edad, con su rutina hogareña. Bien es cierto que se hallan rodeados de un extraño paisaje, usan extrañas herramientas y lucen un color amarillo, y parecen esperar algo con inquietud contenida. Hasta que llegamos... y el señor sale en nuestra busca y...

Luego un segundo cohete, y un tercero, y más aún. Y aquí una marcianita que se parece terriblemente a nuestra abuela difunta, y aquí unos aguerridos astronautas que solo encuentran el desierto, y luego toda clase de especies humanas que salen para Marte como antaño a las Indias, y... mira en el arroyo, hija, y verás un marciano.

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13 septiembre 2017

Se expone literariamente al fracaso...

...al tomar la historia evangélica: una referencia demasiado poderosa para admitir traslaciones y reencarnaciones literarias.

Gracias, José María Valverde*.
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*Comentando Una fábula, de William Faulkner, en Historia de la literatura universal





09 septiembre 2017

Una pequeña ciudad de Alemania

La atmósfera de Bonn en esta novela es más bien opresiva: “era una casa oscura en la que alguien había muerto... Parecía que todos los habitantes de la ciudad, salvo los policías, hubieran huido después de oír la voz de alarma”. Bonn es casi sólo el cuartel general de estos funcionarios que no demasiado alegremente se encargan de mantener el tinglado de la guerra fría. John Le Carré casi nunca nos informa de su cargo, solo deja que lo adivinemos tras el nombre y el apellido, lo que no deja de ser una manera de humanizarlos en un contexto en que tenderíamos a pensar que no son más que piezas de ajedrez. Como de costumbre, son tipos a los que no elegiríamos para ir de juerga, más bien hastiados, eficaces como máquinas pero terriblemente frágiles en su humanidad. “Aquellos que tenían la costumbre de saludarse, lo hicieron; los demás se sentaron sin hablar en las sillas...”

La trama consiste en la investigación llevada a cabo por un tal Turner acerca de un tal Harting, que se ha largado con algo, como de costumbre. El factor humano, como en Graham Greene, se hace también presente a medida que se revelan los manejos y las motivaciones de Harting, pero no solo en este, sino también en los demás. Lo de menos es el miedo a una resurrección del nazismo, tan persistente en Europa desde la posguerra hasta acá (el miedo, no el nazismo). Hay, en efecto, un Karfeld que se está haciendo con la voluntad de muchos alemanes tocando la fibra patriótica y que al final, por supuesto, está relacionado con la investigación. Curiosamente, es un líder que se parece más a los actuales identitarios que a los nazis que acababa de conocer Europa (y cuya reaparición en aquel contexto era impensable, claro).


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01 agosto 2017

Premio Dedal

Así, al parecer, llamaban en La Codorniz al premio Nadal, por ser muchas las mujeres que lo habían ganado. La ocurrencia podría costarles hoy el secuestro de la publicación, como en sus mejores tiempos. Pero a Francisco Umbral le hacía gracia:

Esta generación [primera de posguerra] se caracteriza por su literatura realista (contra el “idealismo” de la prosa y la poesía oficial), luego socialrealista, y, como mal menor, por un provincianismo, un escribir “entre visillos” (de hogar burgués o de casa de p...), que explica bien la aparición de tanta literatura femenina, en su mayoría mediocre y llena de “ascuas de oro”, entre las autoras de la época y las ganadoras del Premio Nadal, que La Codorniz llegó a titular “Premio Dedal”, como se dice en otra entrada de este libro.

(En Diccionario de Literatura, s. v. “Generaciones”. Puntos suspensivos míos.)

Con el paraguas del antifranquismo da gusto, a que sí.








26 julio 2017

Responda el Estado, no yo

Interesante reflexión del rabino Jonathan Sacks, que explica bien muchas actitudes actuales.

Me llevó años dilucidar lo que había pasado [para que en Occidente se perdiera la conciencia de una responsabilidad moral personal]. La moralidad se había dividido en dos y se había externalizado a otras instituciones. Estaban las elecciones morales por un lado y las consecuencias de las elecciones morales por otro. La propia moralidad se había externalizado al mercado. El mercado nos proporciona elecciones, y la propia moralidad solo es un conjunto de elecciones donde lo que está bien o lo que está mal no significa nada más allá de la satisfacción o la frustración de un deseo. El resultado es que cada vez nos resulta más complicado entender por qué puede haber cosas que queremos hacer, que nos podemos permitir hacer, que tenemos derecho legal a hacer y que sin embargo no deberíamos hacer porque son injustas o deshonrosas o desleales o humillantes: en una palabra, poco éticas. La ética se había reducido a la economía.

En lo que respecta a las consecuencias de nuestras acciones, estas se habían externalizado al Estado. Las malas elecciones conducen a malos resultados: relaciones fallidas, niños descuidados, depresiones, vidas desperdiciadas. Pero el gobierno se encargaría de ello. Olvídese del matrimonio y del vínculo sagrado entre marido y mujer. Olvídese de que los niños necesitan un entorno humano de amor y seguridad. Olvídese de que necesitamos que las comunidades nos den apoyo en tiempo de necesidad. El bienestar se había externalizado al Estado. En cuanto a la conciencia, que antaño desempeñaba un papel tan importante en la vida moral, se podía externalizar a los organismos reguladores. De esta forma, al haber reducido las elecciones morales a una cuestión económica, habíamos transferido las consecuencias de nuestras acciones a la política.

(En Cuadernos de pensamiento político, 52)



24 julio 2017

Goldfinger

Es la única novela de James Bond* que he leído, y no tiene ni de lejos el atractivo de las películas, que es ante todo visual, como es sabido. A juzgar por lo que se ve en la tienda Kindle, casi nadie las lee hoy tampoco.

Aquí 007 se enfrenta a uno de esos villanos tan estrafalarios que casi no son humanos y por eso importa poco hacerlos pedacitos al final. Un obseso del oro, agorafóbico, que tiene la costumbre de pintar de dorado a sus amantes para hacerse la ilusión de que posee al precioso metal... y la exquisita idea de matar a una secretaria sospechosa pintándola hasta el último poro. Tuve que saltarme todo un capítulo, o más (cosa que no me gusta hacer), donde Fleming se dedica a narrar pormenorizadamente el partido de golf que disputan Bond y Goldfinger. La cosa es que Goldfinger quiere desvalijar Fort Knox y 007 mantiene con él el típico juego del ratón y el gato con escenarios a lo grande y chicas malas y glamurosas.

* ”...estaba sentado en el ultimo saloncito de espera del aeropuerto de Miami, meditando sobre la vida y la muerte. Matar formaba parte de su profesión. Nunca le había gustado hacerlo; cuando tenía que eliminar a alguien, lo hacía lo mejor posible, y enseguida se olvidaba de ello. Como agente secreto a quien se le había concedido el raro prefijo del doble 0 –que en el Servicio Secreto significaba licencia para matar–, tenía el deber de mirar la muerte con la misma frialdad que un cirujano.” Como se ve, nada fuera del alcance de Lou Carrigan o de alguno de estos autores de historietas de kiosco.


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19 julio 2017

"Novela paralítica"

Así llama Ortega* a En busca del tiempo perdido. Mola, ¿eh?


*Ideas sobre la novela, final del capítulo “Acción y contemplación”